La ilusión aparece y te envuelve, te sorprende, te sobrecoge… Aparece inesperadamente y te acostumbras a vivir con ella, la necesitas, la alimentas, la guardas como tu mejor tesoro. Es la sensación más bella del día y te parece maravilloso que no se acabe nunca, que no te acostumbres a ella y consiga sorprenderte día tras día, que te haga ser feliz aunque todo vaya mal… te da fuerzas para superar todo y ver el lado bueno de la vida. No necesitas más.
Pero un día –inesperadamente, o no tanto-, se marcha… y te deja vacío y frío, preguntándote qué es lo que falla, qué es lo que falta, qué es lo que has hecho mal. Inexplicablemente ya no está contigo. Aunque si haces memoria puedes recordar, incluso sentir, cómo se fue alejando… esos días en los que la traicionaste, en los que no tuviste nada que darle a cambio de la emoción que te hacía sentir. Que tuviste que quitártela de encima para no chocarte con la realidad.
Porque la ilusión no trabaja gratis: no se encarga de despertarte con una sonrisa cada mañana ni de provocarte cosquillas en el estómago para que tú no le des ninguna recompensa… la ilusión se paga con momentos bonitos. Momentos en los que te toca con dulzura, te mira con admiración, te dice lo que le encantas o te escribe que se muere por verte… y entonces la ilusión resplandece, brilla, y piensa “ha merecido la pena este nudo en el estómago”.
Si la ignoras, seguramente se vaya a ilusionar a otro que le haga más caso, alguien que sepa qué hacer con esa ilusión. Pero piensa que es mejor para ti: es muy duro sentir ilusión por algo que nunca va a pasar. Es como sentir que te va a tocar la lotería y ni siquiera has comprado un número. No te enfades con ella, es mejor que se vaya: si no la vas a utilizar, duele menos no sentirla, que sentirla y que estalle dentro de ti porque no puede salir a ninguna parte. Porque caerte de la nube duele, así que no te subes y listo.
Tarde o temprano te acostumbras a vivir sin ilusión. Suena duro, y al principio todo parece gris, vacío, frío, apagado, rutinario… pero puedes superarlo, piensa en cuantos años has vivido sin esa chispita.
Y te quedan dos de dos: asimilar que es culpa tuya por querer vivir siempre con esa ilusión, que es hora de crecer y encontrar la fuerza en otras cosas más realistas, tangibles e importantes que te da la vida... o asimilar que tú eres así, y que necesitas ilusión para ser feliz, por muy infantil que parezca… es lo que tú quieres para tu vida y que no te vas a conformar con menos. Y mantener la esperanza de que si muere, volverá a aparecer en otra parte.



No hay comentarios:
Publicar un comentario