
Hay días en los que todo te sale mal. Desde que te levantas cada cosa que sucede te irrita más y más, y acabas totalmente desanimada.
Todo empieza cuando recién levantada te quemas la lengua con el café. Después sales a la calle y te dejas por fuera la etiqueta de tu camiseta nueva, y absolutamente todos los semáforos se te ponen rojos. Cuando por fin llegas se pone a llover sin parar, cosa que por supuesto tú no lo habías previsto, y las manoletinas en menos de dos minutos están empapadas.
Por arreglar el día te da por llamar a alguien especial, pero ese alguien no puede hablar y te da largas. Olvidas que hoy era la fecha límite para entregar un trabajo, ves cómo un par de compañeros claramente te están poniendo a parir, y cuando estás llegando a casa te das cuenta de que te has dejado el móvil sobre el lavabo de unos baños públicos.
Y cuando llegas, te sientas y estás a punto de estallar, te paras un momento a pensar… piensas en tus amigos que siempre están ahí para sacarte una sonrisa, en tu pareja que te reconforta y te mima, en tu familia que te apoya, tus padres, hermanos, y esa amiga especial que siempre te consuela y te escucha. Piensas en que lo verdaderamente importante lo tienes, y que esas personas te tienen a ti en su corazón precisamente para ayudarte a mejorar días así. Y llegas a la conclusión de que todo puede ir mal, pero lo esencial, lo imprescindible… puedes estar tranquila y segura porque ahí está.
Pero hay otro tipo de días…
Está ese día en el que te levantas tarareando una canción. Has debido soñar algo bonito porque te miras al espejo y te gustas. Te preparas un buen desayuno y te pones tu vestidito, tus medias y tus botas de agua. Al salir te cruzas con ese chico tan simpático de la casa de enfrente al cual ofreces llevar en tu coche, y en el camino tenéis una conversación muy interesante.
Encuentras aparcamiento en seguida, te da tiempo a hacer todo lo que habías previsto, un señor educado te abre la puerta del portal de tu casa a la vez que sonríe y dice “señorita”, y el ascensor está en la planta baja listo para que tú subas.
Y llegas a casa, te tumbas en el sofá y sonríes mientras que piensas que el día no ha estado nada mal. Y en ese momento te apetece llamar a alguien... y es en ese instante cuando te paras a pensar.
Y piensas en tus amigos que ya nunca te llaman, que ya no les interesa demasiado saber cómo estás... en la pareja que ya no te quiere, porque aquello no funcionaba... en tus padres con los que hace tiempo que evitas cruzarte por el pasillo, que sólo os cruzáis reproches a la cara... en tus hermanos con los que hace tiempo que no te hacen confesiones, que ya no les pides ayuda... y en esa amiga especial a la que ya no le cuentas todo lo que te pasa, porque ya nunca entiende lo que te pasa…
Todo empieza cuando recién levantada te quemas la lengua con el café. Después sales a la calle y te dejas por fuera la etiqueta de tu camiseta nueva, y absolutamente todos los semáforos se te ponen rojos. Cuando por fin llegas se pone a llover sin parar, cosa que por supuesto tú no lo habías previsto, y las manoletinas en menos de dos minutos están empapadas.
Por arreglar el día te da por llamar a alguien especial, pero ese alguien no puede hablar y te da largas. Olvidas que hoy era la fecha límite para entregar un trabajo, ves cómo un par de compañeros claramente te están poniendo a parir, y cuando estás llegando a casa te das cuenta de que te has dejado el móvil sobre el lavabo de unos baños públicos.
Y cuando llegas, te sientas y estás a punto de estallar, te paras un momento a pensar… piensas en tus amigos que siempre están ahí para sacarte una sonrisa, en tu pareja que te reconforta y te mima, en tu familia que te apoya, tus padres, hermanos, y esa amiga especial que siempre te consuela y te escucha. Piensas en que lo verdaderamente importante lo tienes, y que esas personas te tienen a ti en su corazón precisamente para ayudarte a mejorar días así. Y llegas a la conclusión de que todo puede ir mal, pero lo esencial, lo imprescindible… puedes estar tranquila y segura porque ahí está.
Pero hay otro tipo de días…
Está ese día en el que te levantas tarareando una canción. Has debido soñar algo bonito porque te miras al espejo y te gustas. Te preparas un buen desayuno y te pones tu vestidito, tus medias y tus botas de agua. Al salir te cruzas con ese chico tan simpático de la casa de enfrente al cual ofreces llevar en tu coche, y en el camino tenéis una conversación muy interesante.
Encuentras aparcamiento en seguida, te da tiempo a hacer todo lo que habías previsto, un señor educado te abre la puerta del portal de tu casa a la vez que sonríe y dice “señorita”, y el ascensor está en la planta baja listo para que tú subas.
Y llegas a casa, te tumbas en el sofá y sonríes mientras que piensas que el día no ha estado nada mal. Y en ese momento te apetece llamar a alguien... y es en ese instante cuando te paras a pensar.
Y piensas en tus amigos que ya nunca te llaman, que ya no les interesa demasiado saber cómo estás... en la pareja que ya no te quiere, porque aquello no funcionaba... en tus padres con los que hace tiempo que evitas cruzarte por el pasillo, que sólo os cruzáis reproches a la cara... en tus hermanos con los que hace tiempo que no te hacen confesiones, que ya no les pides ayuda... y en esa amiga especial a la que ya no le cuentas todo lo que te pasa, porque ya nunca entiende lo que te pasa…
Cuando te falta lo esencial. Lo imprescindible.


2 comentarios:
Y hay dias en que te falta todo...
en esos días me da por llorar hasta la madrugada. Y nunca logro entender.
Hola a tí también!
No te duermas.
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